Antes de nada y en honor a la verdad he de decir que tengo un pelo precioso. Y no voy a fingir modestia ni disculparme por este ataque de vanidad. Sé que con esta declaración puedo ganar infinitas acusaciones de presunción pero, aún así, seguiría siendo un hecho: mi pelo es precioso y punto. El 95 por ciento de los hombres adora mi pelo y el 90 por ciento de las mujeres ha admitido sin coacción que le encanta, datos estadísticos lo demuestran (lástima no tenerlos por escrito, tendréis que creerme). Incluso yo envidio a mi pelo, es él quien se lleva todos los cumplidos dirigidos hacia mi persona.
Lo cierto es que es algo que me hace feliz. Tener un pelo liso y manejable, con volumen, un color natural bonito y un brillo cegador, es algo que agradezco infinitamente cada día de mi vida a la madre naturaleza, y a mi madre ¡qué narices! por asegurarse de que con estos genes ahorraría una incontable cantidad de tiempo, dinero y disgustos invertidos en champú especial, tintes, planchas y peluquerías que, si bien consiguen mejorar su aspecto efímeramente, a la larga acaban dejándolo más o menos como las cerdas de una escoba.
Sin embargo, muy a mi pesar, mi pelo tiene un gran inconveniente: debido al cuero cabelludo graso no aguanta más de un día y medio luciendo todo su esplendor. A los dos días, con toda seguridad, está tan lleno de grasa que cualquiera diría que llevo gomina. Una pena que la gomina no esté de moda.
Por otro lado, este inacabable otoño junto a un largo año cargado de estrés, ha hecho grandes estragos en mi pelo: la caída de las hojas se ha quedado corta al lado de la caída que ha sufrido mi cabello. No creo que ni la grasa ni el hecho de lavarlo tan a menudo ayuden a recuperarlo. Mi pelo nunca se había comportado así y creo que no sabe cómo decirme que necesita cuidados intensivos.
De modo que, antes de que el asunto se me vaya de las manos y se convierta en un verdadero drama, he decidido tomar cartas en el asunto.
En principio había pensado en ir a un dermatólogo y es una opción que, a pesar de que mi doctora me ha enseñado a confiar más en los anuncios publicitarios que en los médicos, aún no descarto. Sin embargo, cuando leí el artículo de Carmen Pacheco sobre “Cómo lavarse el pelo con bicarbonato”, aunque creí que se trataba simplemente de uno más de sus experimentos, pensé ¿por qué no probarlo antes? Supuestamente es una forma mucho menos agresiva de lavarse el pelo que reduce la cantidad de grasa.
Y, aquí, después de dedicar casi la mitad del artículo a mi propio pelo, viene lo interesante…
El experimento: lavarse el pelo con bicarbonato y vinagre
Ingredientes
250ml de agua + una cucharada sopera de bicarbonato
250ml de agua + una cucharada de vinagre o limón
Procedimiento
1) Aplicar sobre el pelo seco con un masaje la mezcla con bicarbonato poniendo especial atención al cuero cabelludo para que quede totalmente cubierto. Dejar actuar un minuto y aclarar.
2) Aplicar la mezcla de vinagre o limón, dejar actuar y aclarar.
3) Disfrutar de un pelo bonito y sano.
El resultado: pelo limpio y desenredado
Si bien me lancé de cabeza a probar el experimento, en realidad no confiaba mucho en los resultados. Creí más bien que, sin su champú habitual, mi pelo encontaría alguna razón de peso para negarse en rotundo a deshacerse de la grasa.
Y, desde luego, en ningún momento se me ocurrió que el pelo pudiese llegar a quedar totalmente desenredado hasta que, tras dejar actuar el vinagre, empecé a aclararlo comprobando que mis dedos no quedaban atascados en los dichosos nudos, dignos del mejor de los marineros, que quedan en caso contrario. Es en este momento cuando se me pasó por la cabeza que realmente el experimento podría funcionar y, en ese caso, la pregunta era inevitable ¿por qué haber gastado tanto dinero en champú? La respuesta es aterradora: los anuncios televisivos.
Cuando salí de la ducha y me sequé el pelo (único momento en que percibí el olor a vinagre que, por lo demás no se ha notado en absoluto)… ¡milagro! mi pelo perfectamente limpio y desenredado sin resto de grasa. Después de ver este resultado, la pregunta sobre el champú seguía repitiéndose en mi cabeza.
Y, al día siguiente, 24 horas después con el pelo perfectamente limpio, la dichosa pregunta una vez más: ¿por qué usar champú?
La explicación científica (para dummies)
Dos días después de la comprobación del experimento, según un amigo licenciado en química nos explicó más detalladamente a mí y a unas amigas maravilladas por la revelación que acababa de hacerles, mientras sosteníamos unas cervezas sentados en una terraza y entre gol y gol de vete tú a saber qué partido de liga, ¡es cierto! la sustitución del champú y el suavizante por bicarbonato y vinagre, disminuye radicalmente la agresión realizada al cabello.
La explicación es la siguiente: el bicarbonato es una base muy suave, por tanto elimina la grasa causando una agresión mucho menor que el champú. Así el pelo se estropea mucho menos y la irritación del cuero cabelludo también es mucho menor, lo que a su vez supone que no segregue tanta grasa. De este modo el pelo se conserva más fuerte y limpio.
Es indispensable, sin embargo, utilizar un ácido suave como el vinagre, limón o té para neutralizar la reacción del bicarbonato en el cuero cabelludo ya que, de no hacerlo, podría irritar la piel.
La regulación de la grasa lleva su tiempo, con lo cual la paciencia es importante.
En cualquier caso creo que podría tratarse realmente de la solución para mi cada vez más deprimido pelo. Y mis amigas, que ya van cayendo en la secta del bicarbonato, parecen pensar lo mismo.


















